Hoy, la democracia se enfrenta a uno de los mayores retos y desafíos encara a la celebración de uno de los procesos electorales más grandes que el país ha tenido. Ante la pandemia mundial del Covid-19; la caída de la economía mexicana; el alza de los productos y servicios básicos; los altos índices de desempleo, de delincuencia organizada, de violencia así como de la agudización de la pobreza y un sinfín de problemas sociales más; la vida democrática está en tensión. 

La desconfianza a la política e instituciones, se ha agudizado generando una desafección con la actividad pública-política. Sumados los actos de corrupción y soborno que recientemente han salido a luz pública, pero especialmente, los casos de impunidad que por largos años han quedado sin resolver; han alimentado en los miles de mexicanos y mexicanas, un desencanto con la democracia o en palabras del célebre pensador político, Norberto Bobbio, una crisis de la democracia.

La cuestión no estriba en un mero capricho teórico,  si no en una experiencia empírica que ha revelado un desapego y una creciente apatía al sistema político mexicano; afirmado como característicamente corrupto. 

La premisa fundamental de la democracia, asentada en el artículo 35 de la Constitución Mexicana, establece que:

la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo, donde todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste, quien tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno  (Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 2006).

Sin embargo, esta premisa se ha dejado de lado, omitiendo y desplazando la participación de las y los ciudadanos en temas de trascendencia nacional y la falta de atención a sus demandas.

En México, la democracia se ha limitado únicamente a la emisión del voto, fuera de ahí, toda participación ciudadana, especialmente la de las poblaciones indígenas  o afromexicanas, es suprimida. El campo político se ha reducido a tal punto que solo un grupo privilegiado es partícipe de ella.

Esta cuestión se mira en las agrupaciones, organizaciones y partidos políticos existentes en el país, que, aunque tiene como fin promover la participación del pueblo en la vida democrática, han centralizado el poder y participación solo en algunas manos. 

A pesar de los esfuerzos que se han sumado para defender el  ejercicio democrático, gran parte de la población nacional no cree en la existencia de la democracia.

El actuar de nuestros representantes, la mala administración pública, la omisión y mitigación de la participación ciudadana, la falta de atención y cumplimiento a las demandas sociales; contribuyen al reforzamiento de esta idea.

Entonces, ¿Cómo pensar el futuro de la democracia cuando no se cree en ella?, ¿Cómo pensar en la vitalidad de la democracia cuando no se han respetado sus premisas?, ¿Cómo pensar en la convivencia democrática cuando los resultados y realidad muestran un escenario totalmente diferente?…

Ser partícipe de la vida democrática es difícil. 

Difícil en un país con altos índices de desigualdad, de injusticias, de corrupción e impunidad. 

Difícil en un país racista, discriminatorio y excluyente. 

Difícil en un país clasista y machista.

Si bien se ha  tenido avances importantes en el reconocimiento e integración de las niñas, niños y jóvenes, así como de  la participación de las mujeres en la representación de diversos cargos que anteriormente no tenían; los efectos corrosivos de la centralización del poder democrático ahoga la positividad de estos avances.

La pregunta es ahora, ¿Cuál es el camino que la vida democrática  debe tomar para fortalecer la participación ciudadana y la soberanía nacional?

Es urgente reivindicar la democracia; es decir, reivindicar el hecho de que la democracia la hacemos todos y todas. 

Es menester reivindicar el pluralismo democrático, fomentando la tolerancia a la diversidad y respetando el derecho de pensar diferente. 

Es momento de reconocer que somos plurales y que eso nos vuelve democráticamente fuertes. La democracia la relacionamos todos en nuestro actuar y al relacionarnos recíprocamente en nuestras diferencias (INE). Esta es una premisa que como sociedad no debemos olvidar.

Tal como se señaló en la inauguración de esta próxima jornada electoral, hoy tenemos la oportunidad de reivindicar nuestra vocación democrática; de exigir, de luchar, pero también, de participar activamente, honrando la lucha de miles de mexicanos y mexicanas que se comprometieron a democratizar nuestro país.

No es una lucha perdida, es el futuro de nuestras vidas, de la democracia, del país.

En Espiral por la Vida, celebramos este 15 de septiembre el Día Internacional de la Democracia, apostando por los valores de la libertad, el respeto a los derechos humanos y el principio de la celebración de elecciones periódicas transparentes y justas. Nos sumamos a la defensa del estado de derecho, exigiendo la protección  y respeto de las normas nacionales y los principios básicos de legalidad (ONU, 2020). 

Así mismo, encara a las próximas elecciones del país, recalcamos que  nadie encarna por sí mismo a la democracia; que la nación la conformamos todos y todas sin excepción. 

Recalcamos una vez más, que la democracia del país se debe centrar en las personas.

#PorUnaVidaDemocraticaReal